lunes, 6 de enero de 2014

espacios cerrados



Nunca me olvidaré de aquella niña que pobló una parte de mi infancia,
se llamaba Aparecida.
Cierto día apareció llorando
porque su padre había bebido más de la cuenta.
Y las había maltratado -a ella y a su madre-,
y había roto sus lápices de colores.

¡Oh Dios!,
¿por qué llenas los espacios cerrados del alma con alcohol y palizas?

Y ella, aún con los ojos húmedos de lágrimas,
sacaba punta a los lápices rotos,
y llenaba de colores los espacios cerrados de las letras.

Después de tantos años...,
cuando recuerdo su cuaderno escolar,
con aquellas letras coloreadas -redondas y perfectas-,
que desafiaban al miedo y a las lágrimas,
quisiera yo también saber colorear los espacios cerrados de mi alma:
con aquel verde de trigales sangrando amapolas,
con aquel púrpura encantado de mágicos ponientes,
con aquel sublime añil de una tarde de la infancia,
que, más que añil,
es un grito de esperanza.



Juan Martín

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