martes, 27 de marzo de 2018

El taxista y el ascensor


Una noche,
un taxi
nos llevó a casa.

Entonces tenía
una familia
y era un niño.

Dijo
-el taxista-
que vivíamos en un barrio
muy bonito,
pero que era una pena
que sus calles
tuvieran tantos
baches;
lo dijo dos
o tres veces,
hasta que
por fin
llegamos a casa.

Nuestra casa
tenía ascensor
y vivíamos
en el último piso.

Yo tenía
una familia
y un hogar.

Era feliz,
muy feliz,
sin percatarme
de ello.

Pensaba,
en aquel entonces,
que la vida era larga,
larga,
larguísima,
y que el tiempo
pasaba lento,
lento,
lentísimo.

Todo lo contrario
de lo que acontece
ahora...

Pero volvamos
a los tiempos
felices,
cuando tomábamos
el ascensor
que nos subía
a todos
a casa.

Ese ascensor
tenía un aroma 
espacial,
un olor entrañable
que indicaba
que habíamos llegado
al hogar:

a mi mundo
más intimo
y más mío.

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