sábado, 19 de abril de 2014

los delfines también tienen su hora de comer



Ahora,
quienes emigran a América,
lo hacen en avión;
pero cuando era niño
fui en trasatlántico.

La despedida fue triste.
Seres queridos se separaron
con lágrimas desconsoladas.

El mar es inmenso
y se curva en el horizonte.

Después de comer no nos íbamos 
a echar la siesta;
mi abuelito me llevaba a popa,
para ver sobre el lienzo ondulado
del océano
saltar ansiosos a los delfines.

No era para menos
pues esperaban su festín: 

todo lo que había sobrado
en los dos turnos de comedor:

un pedazo de tarta,
las albóndigas que algún niño desganado
no quiso comer,
y quién sabe si algún besugo al horno
apenas comenzado...


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