miércoles, 8 de julio de 2015

romance del perrito pequinés



Romance del perrito pequinés


Estaban los Reyes Magos
con un muy serio problema,
pasando muy malos tragos
en situación tan extrema:

¡¡cuán difícil resultaba
bregar con el pequinés,
que tan ansioso esperaba
el niñito tailandés!!

Aunque era pequeñín,
el perrito referido,
se escapó por un jardín
y lo daban por perdido.

No es que fuera su intención
ser un perro vagabundo,
sino que fue la pasión
quien lo puso furibundo.

Andaba una pequinesa
Por el extenso jardín
de una dama japonesa
y un famoso mandarín.

Saeteado por Cupido
corre nuestro perro chato,
cual galán muy atrevido
a gozarla por un rato.

Mas he aquí que la perrilla
no estaba por la labor
y subiéndose a una silla
ladra presa de pavor,

despertando a todo el mundo
y alertando al rey Gaspar,
que no duda ni un segundo
en el jardín penetrar

para hacerse con el can,
que no salió bien parado.
Cuando por fin se lo dan:
un mordisco le ha pegado

la perrita pequinesa,
además de un zurriagazo
que la dama japonesa
le atizó en el espinazo.

Y el bueno del rey Gaspar
casi se busca un disgusto,
fue acusado de allanar
y de derribar un busto.

Y cuando ya parecía
que de forma convincente
el reparto proseguía,
el can huye nuevamente.

A pesar de lo ocurrido
sigue buscando pareja;
de Melchor el perro ha huido
y se va tras una oveja:

un bóvido impresionante;
mas no era su intención
ejercer de dulce amante
de un perrito juguetón,

así que como insistiera
arremete contra él,
y aunque no lo pretendiera
lo estampa contra un tonel.

Corre raudo Baltasar
a recoger al perrillo,
y es quien con mucho pesar
observa que aquel diablillo

yace harto magullado.
Así que le aplica ungüentos,
y al verlo ya mejorado
de sucesos tan violentos,

con evidente mal grado,
coge al can que se fugó
para ser por fin llevado
al nene que lo pidió.

Llegan así sin demora,
antes que de nuevo huyera,
a donde ese niño mora,
que el perrito les pidiera.

Pero aún queda un buen rato
hasta el piso ochenta y dos,
y además del perro chato
ha pedido unos yoyós.

No funciona el ascensor
para complicar el tema:
¡¡no puede haber mal mayor
ni tan grandioso problema!!

Por tanto hay que sortear
quién ha de subir andando,
y el toca a Baltasar
para que suba cantando.

Pero cuando se encontraba
en el piso treinta y tres,
de nuevo se encandilaba
el perrito pequinés.

Y a falta de pequinesa
persigue por la entreplanta
a una gatita siamesa
que al verlo mucho se espanta.

De nuevo se duele y queja,
este perro desdichado,
pues la gatita le deja
todo el hocico arañado.

Con infinita paciencia
el pobre de Baltasar,
usando toda su ciencia,
logra por fin escalar

hasta el piso ochenta y dos,
y al niño el perro dejar,
además de los yoyós;
sin que se deje notar

su loable cometido.
Después de tanto ajetreo
el can se quedó dormido
hasta que el suave gorjeo

de un pajarito amarillo,
cuando empieza a amanecer,
despierta a nuestro perrillo,
que asombrado puede ver

cómo una perra gigante,
descomunal gran danés,
lo mira con ojo amante
de la cabeza a los pies.


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