jueves, 31 de diciembre de 2015

De paseo con el abuelo




Fuimos de paseo los tres:
mi abuelito,
mi amiguita que decía ser mi novia
y yo.

Llegamos a la pequeña estación
que estaba cerca de casa,
para ver los trenes.

De vez en cuando sonaba una campana,
indicaba que algún tren iba a pasar.

Las barreras se cerraban,
quedaba cortado el tráfico.

Comenzaba la ansiada espera:
¿qué tren pasará…?, ¿cómo será…?

Primero fue una locomotora,
lenta y jadeante,
arrastrando una serie interminable
de vagones de mercancías.

Luego, por la otra vía,
un tren de pasajeros rápido y esbelto,
metálico y bruñido.

Iba pasando la tarde...;
cuando no circulaban trenes
se abrían las barreras
y volvían a pasar los coches,
los tranvías…

Ya fuese porque hacía calor
o por el largo paseo,
tanto mi amiguita como yo
teníamos una sed enorme.

El abuelito nos llevó a un bar,
a ver si nos daban un vaso de agua.

No sólo nos dieron uno
sino todos los que pedimos.

Supongo que el camarero pensó:

“Cómo no darles toda al agua que pidan
a estos nenes tan guapos,
acompañados de este abuelo
tan simpático”.


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