jueves, 31 de diciembre de 2015

Tienda de ultramarinos




La tienda de ultramarinos olía tan bien
que su fragancia atraviesa el tiempo.
Sólo el nombre, “ultramarinos”, ya evoca delicias
y misterios de ultramar.

Tabletas de chocolate a la taza, con almendras,
con leche, con avellanas…

A la entrada,
un girasol inmenso de sardinas plateadas:
caja redonda y abierta como una flor,
llena de sardinas arenques
tan bien colocadas
que parecían un sol de escamas.

Quesos de bola 
como soles del Ocaso
que podías sustentar entre las manos,
abrirlos y comer su carne clara.

Jamones colgando,
ristras de chorizo y de morcilla,
carne salada de bacalao…

Y más y más... y más cosas…

A mi abuelo le gustaban las tiendas de ultramarinos.
Tuvo una hasta que se jubiló.

Cuando me llevaba de paseo,
no podía resistir la tentación
de meterse en alguna de ellas;
charlaba con el dueño o con algún empleado,
evocando viejos tiempos.

Allí las geografías se funden:
galletas danesas, especies de Oriente,
quesos manchegos, cafés de ultramar,
bacalao de Noruega…

Al aproximarse las Navidades:
turrones, polvorones, mantecados,
alfajores, mazapán, y tantas, tantas cosas…

Botellas de coñac, de sidra, de anís y moscatel…

¡Cómo me acuerdo de mi abuelito!
¡Cuánto añoraba su tienda de ultramarinos!

Seguro que el la República Celeste tiene una,
en la que todos puede entrar
para obsequiarse con fragancias y sabores eternos.



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